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Perderse en Sevilla

Visitar Sevilla
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Hay algunos lugares en el mundo que, cuando los visitas dejan una marca en el corazón… Por algún extraño motivo lo que estableces es más una relación emocional que una visita a un destino turístico… Todos tenemos alguno y, en el fondo, siempre aunque sea sin quererlo, queremos querer que cada nuevo sitio al que vamos pueda alcanzar esa categoría en el alma y que cuyo recuerdo sea mucho más que unas vacaciones… Un lugar de esos, un lugar hermoso, mágico y embrujante… Perderse en Sevilla o una historia de amor.

Sevilla nunca fue fundada, ni está enclavada en algún lugar, es simplemente un trozo de una dimensión desconocida de belleza, alegría, color e historia que, a orillas de su amado río Guadalquivir ve pasar los siglos con la complacencia de una princesa del cuento de las Mil y Una Noches en una España atemporal y ancestral.

Y lo hace al son del flamenco, ritmo gitano por excelencia y en todas sus expresiones, desde las que desgarran el alma con un cantejondo de esos que salen del corazón llorando al amor ausente, hasta la alegría desbordante de las sevillanas, ritmo que nace de la felicidad más exultante y que sólo pueden bailar con gracia y salero las hijas de esta tierra, que han heredado el color de las aguas del río, el porte de las vírgenes de las procesiones de Semana Santa y el pecado redentor de su piel del color de las aceitunas, que quema como el sol del verano.

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En una ciudad en que la juerga forma parte del día a día y la vida se vive al ritmo de las fiestas, que se suceden una y otra vez en el calendario año tras año; Sevilla es la exaltación y sublimación de las emociones y sentimientos, especialmente en abril, cuando llega la primavera y toda la ciudad huele a azahar, embriagándote mientras caminas por las orillas del Guadalquivir o lo atraviesas por alguno de sus puentes, contemplando el suave paso del agua en su camino de siglos y siglos en una letanía religiosa y llena de fervor como los cristos, los nazarenos y los famosos “pasos”… Hermandades de hombres y mujeres que, unidos en cofradías profesan devoción eterna al personaje celestial de su predilección y entre todos ellos convierten a Sevilla en la capital de la religiosidad extrema, unida simultáneamente a la lujuria de la piel, despertada y desbordada de aromas, sabores y vino que inunda y azuza los sentidos… todos ellos.

Si vas a Sevilla, te recomiendo hacerlo por tren, subir a un tren de alta velocidad desde Madrid para viajar placentera y cómodamente a 380 kilómetros por hora, sin que se mueva el café en tu taza… Y una vez allí, guarda las guías, planos, mapas y simplemente piérdete entre sus calles y déjate subyugar por lo que ves, hueles, oyes, tocas y mucha atención al quinto sentido, porque si de sabores se trata, aquí tienes otro motivo por el cual Sevilla te enamora… el estomago, como siempre…

Comer en Sevilla, más que un acto fisiológico es una experiencia religiosa, desde las crujientes tostadas del desayuno, mojadas en tomate y aceite de oliva muy espeso, acompañadas de finas rebanadas de jamón serrano, ese jamón curado en sal que se derrite al contacto en tu paladar o sus múltiples formas de preparar los pescados más sabrosos de todo el Mediterráneo, que no está muy lejos.

Perderse en Sevilla es una experiencia sublime e irrepetible, enamora, subyuga una y otra vez. Camina por el Barrio de la Santa Cruz, la antigua judería y llena tus ojos de estampas andaluzas de blanca cal, balcones floridos, adoquines y fuentes cantarinas…

Pasea lentamente por la orilla del Guadalquivir, mientras contemplas la Torre del Oro, magnífica estructura que cuenta su historia silenciosa a quien quiera oírla y piérdete por el Barrio de Triana entre cantes, corralas y aromas, esperando ver aparecer a la Carmen de Bizet en cualquier balcón…

Haz muchas fotos de su Plaza de España, llena de azulejos, carruajes y hermosos caballos andaluces montados con gallardía y elegancia por hombres y mujeres con sus mejores galas….

Si te apetece pasado e historia, vete a su Catedral… recórrela, aunque no seas religioso, entra en ella y contempla la magnificencia artística que alberga… Y fuera de ella, su arquitectura, detalles y, a su costado presta especial atención a La Giralda, la torre más emblemática de todas y símbolo de la ciudad…

Los Reales Alcázares de Sevilla te contarán mil y una historias, de sultanes árabes, de guerras, reyes y reinas que a lo largo del tiempo han hecho de este magnífico edificio su morada y refugio; en sus bellos jardines se tejieron tramas, traiciones y se determinó la historia de lo que hoy conocemos como España y también del Nuevo Mundo, ya que a su lado está el Archivo de Indias, que alberga, atesora, guarda y registra todos los documentos del descubrimiento en 80 millones de páginas, mapas y documentos de todo tipo.

Sevilla de noche es fiesta, por donde quiera que vayas… Siempre encontrarás un lugar para comer, beber y divertirte, rodeado de las gentes del lugar; amistosos, alegres y habladores, que han hecho de la fiesta una forma de vida… Date un paseo por la Alameda para que lo compruebes por ti mismo. O si prefieres algo más relajado busca una terraza, siéntate y deja que el vino de la tierra, el “pescaito” y los langostinos de San Lúcar de Barrameda hagan el resto.

Y en Sevilla caben todos, sin importar el presupuesto, desde mega hoteles de cinco estrellas hasta pensiones y hostales de muy poco dinero y escasa reputación, lo importante es perderse en Sevilla… Escribirás una historia de amor con los cinco sentidos, tanto si vas solo o en buena compañía.

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